Francisco Lezcano Lezcano – Don Pedro

Don Pedro

Don Pedro tenía una modesta óptica en un cuchitril de la calle de la Paz número 4, muy cerca del Ayuntamiento, en el pueblo de Santa María de los Consuelos, pero aunque se le consideraba un excelente profesional, no podía competir con los establecimientos del ramo instalados en la misma zona. Los ingresos no le permitían sacar de la pobreza a la familia. Las deudas eran constantes en la panadería, en la tienda de comestibles…

Y menos mal que algunos le pagaban con productos de la huerta, con ello y la ayuda de sus hermanas, Pepa la carnicera y Juanita la costurera, que cada noche le traían alguna cosa para cenar, el barco familiar capeaba el temporal. Su esposa Lucía, gestionaba las estrecheces sin perder la sonrisa. Tenían un hijo, Manolito, un niño tranquilo, buen escolar y, con apenas 10 años, un apasionado de la guitarra, un virtuoso intérprete infantil, admirado y aplaudido por todos.

Don Manuel Argumosa, profesor de música, que daba lecciones en su casa, al conocer las cualidades del pequeño le admitió en sus clases pese a su corta edad y, al corriente de las penurias de don Pedro, no quiso cobrar.

Los acontecimientos siguieron su curso por esa montaña rusa que es la vida. Nació Angélica un mes de marzo. Murió a los cinco años de meningitis infecciosa. Sepultaron a la niña en el cementerio de Los Olivos. Don Pedro fue el único presente porque a todos asustaba la enfermedad. Lucía se quedó en casa destrozada, acompañada en el llanto por Pepa la carnicera y Juanita la costurera. Entre tanto, Manolito, en su habitación tocaba una discreta melodía. Después del entierro tuvieron que abandonar la casa por tajante orden del alcalde para que los Servicios Municipales de Sanidad Pública procedieran a la desinfección.

Don Pedro se trasladó con su mujer y su hijo a San Juan, un pueblecito a veinticinco kilómetros, donde consiguió una pequeña vivienda de alquiler bajísimo, mínimamente amueblada con lo justo y necesario. Fue casi un milagro. Socorro Católico hizo una discreta colecta para colaborar en el alquiler y la Alcaldía tuvo el gesto humanitario de asignar una pequeña ayuda temporal. Don Pedro y familia, por prudencia, se guardaron muy bien de contar la razón de la mudanza.

Por fortuna un destartalado autobús, hacía trayecto, de ida y vuelta, a Santa María de los Consuelos. Pasaba a las siete de la mañana a treinta por hora y se alejaba, envuelto en una nube de humo y polvo, sin alterar su velocidad. Don Pedro podía ocuparse de su óptica.

A continuación del óbito de la niña las cosas empeoraron, la clientela habitual se fue reduciendo porque negros rumores insensatos sobre la meningitis infecciosa se propagaban por todos los rincones del pueblo. Don Pedro, con una dolorosa tristeza, observaba que muchas personas cambiaban de acera para no cruzarse con él. Situación amarga e insoportable.

A los cuarenta días, los servicios de desinfección comunicaron que podían regresar a casa, pero Lucía no paraba de gimotear y de insistir en su decisión de no volver al lugar donde había muerto su niña. Pero, por fin, al cabo de un mes, aceptó razones y regresaron al pueblo.

Poco a poco se fueron apagando las negras reticencias pueblerinas, sin embargo, el negocio del cuchitril no cesaba en su caída. Ya ni siquiera se acercaba alguien para cambiar unas gafas por una de gallina. Si acaso pasaba de largo, cabeza baja, con el casquete empotrado hasta los ojos y cesta sospechosa al brazo, camino de una de las ópticas de nuevo aspecto.

Manolito se las arregló para llegar a un acuerdo con don Antonio El Barriga, tocar la guitarra en su taberna los viernes y sábados a partir de las siete de la tarde. Las circunstancias y el ser menor le obligaron a aceptar la vergonzante oferta: tres bocadillos de mortadela con queso y unas monedas para comprar cuerdas de guitarra. Menos mal que El Barriga le permitió pasar el sombrero, los parroquianos eran generosos, sobre todo si el vino ya les había encendido la nariz.

Don Pedro, a fuerza de insistir plañideramente, pudo conseguir un puesto de administrativo en la pequeña oficina de correo del pueblo en la que, a menudo, debía resolver cuestiones fuera de sus atribuciones. Un día sellaba cartas, otras las clasificaba para facilitar la labor del cartero, que encima parecía carecer de sentido de la orientación. Igual se veía limpiando las mesas y poniendo orden sobre ellas, como trasportando paquetes a la camionetilla amarilla para la distribución. Por las tardes correos cerraba, entonces don Pedro se iba a su tienda patética y con todo, entre los bocadillos y propinas de Manolito y el sueldecillo ridículo de correos, alguna venta de gafas y la reparación de otras, se iba mal que bien. Y gracias a que la carnicera de vez en cuando suministraba un filete y que la costurera se ocupaba de remiendos y arreglos.

Una tarde de lluvia a cántaros, truenos que sonaban como toneles gigantes rodando sobre un adoquinado a su medida, y luces del pueblo apagadas, don Pedro y Manolito, en el interior del establecimiento, iluminado con una lámpara de petróleo de llama indecisa, esperaban sentados a que menguara. Manolito aprovechaba para ejercitar con la guitarra lo que tocaría en la taberna de don Antonio El Barriga. Su padre le escuchaba maravillado por su virtuosismo y la innata facultad que mostraba tanto para componer como para hacer arreglos. Le gustaba mucho tener a su hijo en la óptica tocando en un rincón. Las tardes, de esta manera, se le hacían más cortas y los negros pensamientos, al menos se le volvían grises. La gente del pueblo, a pesar de la expansión urbana de los últimos años, seguía tan cazurra. Pasaban, se detenían indecisos y proseguían el camino como si estuvieran haciendo algo malo.

La lluvia arreciaba a ramalazos cuando, como surgido del último trueno, un auto de gran standing se detuvo bruscamente ante el local. Un conductor uniformado, paraguas presto, abrió la puerta a una señora mayor que salió presurosa protegiéndose el peinado con un bolso plano de piel ocre claro y reteniendo con la otra mano el ampuloso cuello de su abrigo de astracán. Entró dejando al chófer afuera, firme como un soldado bajo su paraguas negro de amplísimo perímetro, ideal para recibir un rayo sobre la cabeza.

La señora, después de saludar muy educadamente y disculparse por el frenazo, sacó de su bolso un par de gafas; la primera, de color azul, para leer, la segunda, de color ámbar, para ver de lejos. Don Pedro se percató enseguida de que las patas estaban torcidas y las monturas ligeramente en ocho. La señora explicó que, en el coche, había cometido la torpeza de sentarse sobre ellas, pero lo grave era que las necesitaba sobre la marcha porque la esperaban en una recepción importante. Añadió que el haber descubierto la tienda de óptica en medio de aquella lluvia y del pueblo a oscuras tenía algo de mágico.

Manolito no se había movido de su rincón discreto. La excéntrica visitante fijó su mirada miope en la guitarra y sonriente le pidió que tocara algo. La música de Manuel de Falla llenó el modesto local. La dama interrumpió la interpretación aplaudiendo con el ánimo exaltado. Abrió la puerta y le dijo al conductor que entrara. Ella, con un gesto facial y un movimiento alado de su mano derecha, expresó su deseo de continuar escuchando. Al final redobló sus expresiones de entusiasmo.

Entre tanto, don Pedro había reparado las gafas que entregó sin querer cobrar de tan orgulloso que estaba por los aplausos. La dama le entregó una tarjeta sin cesar de ponderar al chico como un prodigio. Se ofreció para mejorar su arte y dirigirlo absolutamente gratis. Comentó, emocionada, que Manolito poseía condiciones y sensibilidad para llegar a ser uno de los grandes y que en pocos meses podría presentarlo como concertista. Agradeciendo el arreglo de las gafas y su gesto altruista se fue con la misma premura de su llegada. El auto se fundió en la oscuridad y la lluvia, seguido por el rodar a trompicones de un trueno.

Don Pedro y Manolito permanecieron pasmados, dudando de la realidad.

La tarjeta era de doña Ana Aurelia Martínez de Sancho, célebre soprano y concertista de guitarra de notoriedad internacional, mecenas de músicos de renombre surgidos de su Academia de Música y de Teatro Libre.

Ambos saltaron de alegría, convencidos de un devenir sin estrecheces. Don Pedro gritó, en el colmo de su entusiasmo, al pensar que además él podría, tal vez, dedicarse a su sueño perenne de hacer teatro.

Despreciando la torrentera, salieron corriendo para contarle a Lucía el encuentro.

Francisco Lezcano Lezcano

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