Antonio Arroyo Silva – Baobad

BAOBAD

Curva a la izquierda, luego a la derecha. El automóvil se adapta a las sinuosidades de la vía. Es noche cerrada. Apenas unas luces a lo lejos, y en la cercanía solo el guiño de los faros en la mediana. Ocasionalmente, el relampagueo enceguecedor de un coche que viene en sentido contrario. Por lo demás, ni las estrellas; la luna menguante oculta su forma tras una negra capa de calima. También tus pensamientos entran en la levedad que hay en la noche, tus ojos siempre leyendo las señales, tus manos sujetan suavemente el volante, lo hacen girar. El pie derecho apenas pisa la palanca de aceleración. Pon la radio. No te funciona. Tararea, canta en voz alta ahora que nadie te escucha y déjate llevar por la tracción de la máquina. Fuma.

De improviso, alguien te adelanta y grita que no seas animal y uses el cenicero. Sólo escuchas un leve susurro. Te encanta conducir de madrugada. Es como flotar en la oscuridad sabiendo que el abismo te espera en cualquier tramo. Tú atento a las balizas que como luciérnagas te marcan el límite entre la vida y la muerte. Por eso nada temes y te dejas llevar.

Esa tarde te reuniste con unos amigos que hacía muchísimo tiempo que no veías. Hablaron durante horas hasta que oscureció.

Raritos esos amigos tuyos argumentaba B. como excusa para no acompañarte. Sobre todo el de la chaqueta de cuero marrón y gorro de aviador. Yo prefiero ir al cine con los niños.

Siempre oscurece al final de los momentos mágicos. Aquella serpiente que se tragó al elefante y que al final era un sombrero mexicano. ¿Era así? Desaparecen los sueños y vuelven a aparecer como si una lámpara los iluminara y trajeran esbozos de lo que acaso nunca fue.

Pero, como siempre, has de volver a tu hogar del ahora. Así que entraste en la autovía y aún vibraban los recuerdos de ese feliz encuentro.

Algo enorme se desploma delante de ti, tus cinco sentidos se concentran en frenar y por poco no lo consigues. ¿Pero qué es ese bloque inmenso que obstaculiza ahora el paso? No puedes girar y buscar otro camino, la carretera de pronto se hace muy estrecha. Pones los indicadores y detienes el vehículo. Te acercas para inspeccionar. Un enorme tronco, ¿qué pudo abatirlo si la brisa apenas mueve la hierba? Esperas entonces que alguien se detenga. Nadie. Coges el móvil para llamar a emergencias. No hay cobertura.

Para que la impaciencia y el sentido de la adversidad no te corroan entras en el coche, buscas un libro viejo e intentas leer un capítulo. No lo consigues. Te pones a escribir algo y esta vez se emborrona la agenda, una historia que tenías en mente desde hace tiempo. Así pasan horas, te quedas dormido. Sueñas que amanece y el mundo ha desaparecido alrededor. Solo queda justo el rincón donde te encuentras: un tramo de carretera, tu coche cruzado de mala manera hacia la izquierda y ese horrible y gigantesco tronco de árbol caído obstaculizando el paso. Delante, detrás, a la izquierda, a la derecha… nada: solo la negrura del espacio. Tremenda pesadilla, te dices cuando te despierta la bocina de un auto que acaba de parar con un chirrido justo detrás del tuyo. El conductor se baja y se dirige hacia ti con el ceño fruncido:

-¿Qué le ha ocurrido? ¿Por qué para el coche en medio de la carretera? ¿Si usted no hubiese puesto los indicadores, habría chocado, yo que venía medio dormido?

-Es que anoche se cayó un árbol y me obstaculizaba el paso. No veía manera de dar la vuelta y me quedé aquí por si venía alguien.

-Pero si ahí delante no hay ningún árbol caído. Usted está delirando.

Era verdad, ahí al frente ya no se veía ni la sombra del enorme tronco de árbol que tantos apuros te hizo pasar la noche anterior. Tú, abatido realmente por la perplejidad, alegaste entonces alguna excusa más o menos creíble y arrancaste el motor para proseguir tu camino.

Los primeros albores del día. Cuando llegaste a tu casa, tu esposa y tus hijos te esperaban en la calle. Estaban desesperados y atónitos. El edificio estaba derruido. Le había caído, no se sabe de dónde, un tronco gigantesco de baobab. Menos mal que ellos no estaban dentro en ese momento.

Hace mucho tiempo que dejaste de ser el Principito. Pero siempre vuelve algo del pasado.

Antonio Arroyo Silva

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