Inma Flores – Sueños

Sueños

Despertó una mañana de domingo con una tristeza inusual. Su bebé aún estaba al lado, dormido, y ella no podía contener su dolor, sus ganas de llorar.

El pecho era más pequeño de lo habitual, al menos eso es lo que sentía, pues en él no le cabía el alma. Lavó su rostro con agua bien fría; no quería pensar, no quería sentir, no quería vivir…

El llanto de su hija la trajo a la realidad. Un bebé tiene necesidades, y allí estaba ella, con esa pequeña “responsabilidad”. Como pudo corrió a su lado, la acarició, la tomó en sus brazos y la llevó a su pecho; el bebé dejó de llorar y comenzó a sonreír, lo que hizo volver la luz a su corazón y por un instante olvidó sus oxidados pensamientos.

Después de dar el pecho a la criatura de apenas dos meses, y jugar con ella un rato, consiguió dormirla nuevamente. Estaba feliz; aquel pequeño “trasto”, como gustaba llamarle, era el centro de su vida… Su vida, su triste vida.

No sabía si sonreír de felicidad al ver a aquel angelito dormir, o llorar de tristeza por lo que estaba ocurriendo. Incrédula aún, se agachó bajo la cama, y allí estaba el pañal desechable y dentro de él un pequeño cuchillo de pelar patatas, pudiendo comprobar, una vez más, que no se trataba del despertar de una pesadilla, la pesadilla aún continuaba entre aquellas paredes.

El pañal es lógico que pudiese estar allí si se lo cambió al bebé durante la noche, pero ¿y el cuchillo? El cuchillo era su única defensa ante una muerte casi certera, una muerte anunciada por los labios de la persona a la que amaba.

No encontraba una explicación lógica ante esa amenaza, no para una mente normal. Después de nacer el bebé, él -su padre-, no podía soportar el llanto –porque los bebés, como único se expresan, es a través del llanto y la sonrisa- y tomó la mala decisión de querer callarlo a enfados. El monstruo de los celos se apoderó de su alma y no soportaba que el centro de la casa fuese esa risueña criaturita recién nacida, que se quejaba a veces de sentir hambre o sed, frío o calor, dolor de tripita, etc…, través de su llanto.

Un lluvioso día de diciembre él tomó una mala decisión: apretar el cuello de ella, con intención de asfixiarla, mientras ella sujetaba el bebé en sus brazos. Si no hubiese vuelto a suceder, no lo hubiese recordado jamás, pues su mente lo borró por completo aquel hecho tan desagradable, pero él tuvo la infeliz idea de repetir la acción unas semanas más tarde, y esta vez sí tuvo conciencia de que hubo otra anterior.

Como pudo corrió a la cocina y escondió todo lo que él podría utilizar para lastimarla. Escondió las tijeras de punta tras los libros; los cuchillos medianos en los cajones, donde él nunca solía acudir; le quedaban dos cuchillos jamoneros –como buen andaluz le gustaba degustar un buen jamón- y un hacha de cocina, que aún estaba sin estrenar. Esto último, tras pulular por toda la cocina, decidió esconderlo encima del extractor, a sabiendas de que él jamás miraría allí. Sólo quedaron los más pequeños y los de la cubertería, que apenas cortaban.

Le costaba asimilar lo que estaba pasando, no entendía tanto odio y dolor. Parecía que el destino le jugaba una broma macabra. Aquel joven que conoció años atrás, y por el que rompió una de las amistades más importantes, dejó trabajos, su ciudad…estaba ahí, ahora, intentando arrebatarle la vida sin saber el porqué.

Una vez que asimiló lo que estaba ocurriendo, buscó información y ayuda legal aconsejada por sis amigas. Posteriormente le puso un ultimátum, en la cuarta vez que le agredió, diciéndole que la próxima sería la última. La respuesta que le dio fue la de ser generoso y golpearla la siguiente vez con una toalla mojada, pues así no le dejaría marcas…

El primer viernes del mes de agosto, mes inhábil a efectos judiciales, comenzó a empujarla y vejarla, pues era consciente de que ese mes le iba a ser imposible encontrar abogado alguno. Con el susto nuevamente en el cuerpo, temblando de dolor y rabia, esperó como pudo a que él se durmiera –tenía servicio nocturno y se acostó un rato para poder aguantar la noche-. Después cogió a su hija en brazos y se fue para nunca más volver.

Siento decirles que el único muerto en esta ocasión ha sido el amor. Un amor que se brindó para toda la vida, pero no con la opción a quitarla. Un amor que ahora vive en su hija, su gran tesoro, el sol de su corazón. También murió el sueño de una gran familia, un sueño roto que jamás se pudo recomponer.

Inma Flores

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