Manuel Díaz García – El viejo músico del bar Aranjuez

El viejo músico del bar Aranjuez

Tocaba en un garito de mala muerte, al que prácticamente no se acercaba nadie.  La verdad que yo lo hice atraído por su música. Pasaba por aquellas calles buscando soledad y escuché aquellas melodías divinas, que salían del peor antro de la zona, y me animé a entrar. Pasaron muchos meses hasta que, por fin, me aceptó una copa. Cuando se sentó junto a mí, todas mis curiosidades se desvanecieron, como si algo mágico me hubiese hecho entender que no debía hablar.

Y así pasaron algunos meses más; le invitaba a una copa, la aceptaba, nos sentábamos a la barra y nos acompañábamos en nuestras soledades, hasta que un día, y sin que yo me lo esperara, me preguntó mi nombre, y así empezamos a hablar. Obviamente le pedí que me enseñara a tocar como él, pues no lograba contagiar a la gente mi swing, no se inmutaban, no bailaban, ni siquiera tarareaban; estaba claro que no tenía feeling, mi duende había muerto y yo estaba más que seguro de que él me haría cambiar.

Me miró fijamente a los ojos y me dijo lo siguiente: “No toques o cantes tu música con la intención de que todos bailen al son de tu ritmo o se paren a escucharte. Toca desde el alma y con el corazón, invierte en ello todos tus sentidos, que todas las células de tu cuerpo vibren con tu pasión y no pongas más intención que la de hacer sonar tu melodía; sólo así, te podrás fusionar con la música, lo de bailar o no al ritmo de tu son o, simplemente pararse a escucharte, no es cosa tuya, deja que cada persona, con su albedrío, haga o sienta lo que quiera; tú limítate a ser feliz, y siente la magia de la banda sonora de tu vida, toca, canta, haz lo que te plazca con la música, pero hazlo para ti y por ti, sólo así podrás sentir el embrujo de una de las Artes más sublimes de la humanidad, no hay puerta que no se abra, ni barrera que no se derrumbe, ni corazón que no se enternezca con una bella melodía pero, sólo haciéndolo por ti, encontrarás la nota exacta que te hará vibrar”.


No me dijo nada más, nos quedamos saboreando nuestros cubatas, nuestras soledades y nuestra silenciosa amistad.


Al día siguiente volví a escucharlo y me estaba esperando un cubata en la barra, el camarero me dijo que me lo había invitado el viejo Rodrigo. Cuando pregunté por él, me respondió un chaval con pelo largo, que afinaba su guitarra al lado del piano del viejo Rodrigo: “El viejo murió anoche en la madruga…”

Manuel Díaz García 

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