Josefa Molina – El más grande director de todos los tiempos

El más grande director de todos los tiempos

¿O sea que era eso? ¿Era ese destello lo que brillaba en sus ojos? ¿Era esa luz la que hacía cristalizar su mirada?

Tardó un tiempo en comprenderlo, aunque hacía tiempo que sospechaba que el soberbio pecado se había anclado en su oscura alma. ¿Cómo responder a su encaramiento? ¿Cómo hacer que comprendiera que aquella no era la vía ni las formas apropiadas, ni el camino para llegar hasta donde aquel personaje pretendía llegar?

Sintió cómo un lacerante dolor ascendía con fuerza desde su costado. Presionó con fuerza la herida por la que borbotones de espeso líquido rojo asomaban insolentes empapando su níveo albornoz.

¿Quién iba a pensar que aquel ser casi inexistente, aquel personajillo del tres al cuarto, pretendía llegar tan lejos?

La primera vez que lo vio le resultó cómica su forma de mirar: una especie de desafío entre abandonado y suplicante, rozando lo pusilánime.

Y, sin embargo le interesó de inmediato aquel carácter tan bajo irrisorio. Enseguida, fantaseó con convertirse en su pigmalión. ¿De quién mejor aprender el oficio que del más grande director de escena de los últimos veinte años? Su nombre en grandes letras negritas aparecía escrito, casi a diario, en las páginas de cultura de los principales periódicos de tirada nacional. En las vitrinas de su salón ya no contaba con más espacio para colocar sus medallas y reconocimientos.

¿Cómo decirlo suavemente? Él, sin duda, era lo mejor que había parido aquella tierra de podridos e incultos desde hacía mucho, mucho, tiempo.

Claro que se cuidaba muy mucho de decirlo en voz alta. No quería aparecer ante los demás como el soberbio prepotente que era. Y lo cierto es que tampoco lo necesitaba: ya se encargaban otros de recordárselo… ¡Ja, como si lo olvidara en algún momento!

Lo primero que aprendió en este oficio fue a nadar y a guardar la ropa a la vez, en mostrarse brillante y a la par que el más humilde entre los humildes, en demostrar su maestría con esplendor tanto sobre las tablas del Teatro Nacional como sobre las tablas resquebrajadas de cualquier teatrillo de pueblo.

¡Él era UN GRANDE! Quizás el más grande entre los grandes. Lo había conseguido todo. ¡Lo tenía TODO! Así que podía permitirse el lujo de desplegar el disfraz de la falsa modestia.

Pero le faltaba el aprendiz. Alguien que le bailara el agua, alguien que le adorara sin fisuras. Bien es sabido que un gran maestro lo es cuando cuenta con un aprendiz. Se necesita la admiración de un simple novato para hinchar el mísero orgullo del más humilde de los hombres.

El joven tenía a su favor los siete años en la Escuela Nacional de Artes Escénicas, además de sus másters en Dirección escénica y sus tres años en el Royal Academy of Arts de Londres.

Sin duda, algo habría aprendido de las nebulosas calles londinenses, además de seducir y arrimarse a todo bicho viviente, ya llevara falda o pantalón. Sintió una pequeña erección al pensarlo y, aunque no le gustaba mezclar el placer con el trabajo, no descartaba descubrirle las delicias que ocultaba entre sus sábanas.

Estaba decidido en convertir a aquel hermoso joven en su flamante segundo de dirección. Aunque le resultaba mediocre, pueril y sin consistencia alguna, se planteó como un reto personal hacer de aquel joven insulso un futuro director de teatro con algo de agallas e iniciativa.

Quizá en el futuro, cuando algún ilustre lumbrera de la Academia de Letras recopilara información sobre la historia nacional del teatro, su ahora aprendiz tuviera la suerte de aparecer en los libros junto a él como el director de teatro que aprendió con y del mejor de los directores de la historia del país.

Pero aun tenía mucho que aprender. Debía hacerle trabajar, debía de hacerle entender la urgente y perentoria necesidad de entregar su mente, su cuerpo y, sobre todo, su alma, a la puesta en escena con perfección y profesionalidad de cualquier obra de teatro, por más estúpida y surrealista que ésta pareciera, porque solo el toque de un verdadero maestro hace de cualquier guión mísera y cutre, el más bello de los representados nunca.

Así que comenzó a exigirle más y más durante sus horas laborales; después, fuera de sus horas de trabajo. Luego, le exigió que hiciera sus tareas más triviales y cansinas, como pasear a su adorable yorkshire o traerle el periódico a casa para leer las críticas de las últimas obras estrenadas.

El matiz llegó cuando también exigió sus caricias, cuando exigió sentir su cuerpo pegado al suyo. Se dijo a sí mismo que era lo inevitable, lo que conllevaba la lógica de aquella relación: para llegar a convertirse en el más grande había que conocer a ciencia cierta el olor de la piel del más grande.

Además, sin duda, era un privilegio para cualquier novato. Yacer con un dios no te hace dios, pero te recubre de una ligera pátina de brillo dorado. Y él se la estaba proporcionando. Así que debía de estarle eternamente agradecido. Era lo mínimo que aquel mequetrefe le debía. Porque le debía mucho: todo lo que había aprendido, lo había aprendido gracias a él.

Por eso no entendía por qué ahora estaba tumbado en el suelo de su cocina, vestido tan solo con un blanco albornoz que se empeñaba en metamorfosearse en un horrible carmesí.

No pudo más que preguntarse dónde se había equivocado. Él, que era el más grande. Él, que nunca se equivocaba.

No me llegas ni a la suela de los zapatos, le gritó mientras exhalaba un último estertor. No eres nada sin mí, ¡soy el más grande!, yo seré recordado y tú siempre serás un aprendiz mediocre y sin estilo.

Te equivocas, viejo. Esta obra será mi actuación más estelar, le respondió el joven desde la euforia que imprime la arrogancia.

Las principales cadenas de televisión de los informativos de las nueve abrieron con la noticia del hallazgo del cuerpo del reputado director de teatro, muerto en medio de un enorme charco de sangra en la cocina de su palacete.

El rostro de un compungido joven, el segundo del afamado artista, ocupaba todos los planos centrales de las cámaras. Los críticos de cultura de los diarios de tirada nacional ya lo señalaban como el brillante sucesor del maltrecho director.

En apenas dos semanas, los carteles de las nuevas funciones del Teatro Nacional ya recogían el nombre del joven sucesor en grandes letras doradas. 

Y todo, por la grandeza no escrita del arte.

Josefa Molina 

josefamolinaautora.com

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4 comentarios

  1. Un cuento magnífico, espléndidamente llevado. Mi relato sobre la Soberbia tiene algunos puntos de contacto. Me gustó mucho esta frase: Yacer con un dios no te hace dios, pero te recubre de una ligera pátina de brillo dorado. Felicitaciones, Josefa Molina.

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