Manuel Díaz García – Viaje al olvido

Viaje al olvido

Se enamoró de una joven guajira, balsera, que gracias a sus encantos logró que la llevaran a Miami, de allí, consiguió por los mismos medios, que la llevarán al Puerto de Las Palmas, pues ella quería estar lo más lejos posible de las miserias que dejaba en su bendita tierra. El simple hecho de estar en el mismo lado del Atlántico, no le valía para olvidar, quería tirar a la mierda toda aquella absurda vaina en la que se había convertido su vida, y estaba tan derrumbada, que no deseaba, para nada, cantar el manicero en la cana en la que la había tocado vivir y, confiaba que, desde el otro lado del mundo, el olvido la borrara de su memoria. Su ilusión era perderse en centroeuropa, donde no habrían guantanameros, ni santiagueros, ni matanceros ni ninguno de sus otros compatriotas. Creció sabiendo que la revolución; era la mayor de las farsas, jamás inventada en Cuba y, que ni los Orishas, te libraban de ella, como si ellos también estuvieran oprimidos por el maldito yugo libertario, algunas veces pensó, que si ellos no estarían también, sacando tajada de tan mala vaina.

Lo único que le aliviaba el hambre a ella y sus seis hermanos pequeños, era su hermoso cuerpo, ella no necesitaba darse coba, para lucir bien linda, era una hembrota de tomo y lomo y manejaba su cuerpo a las mil maravillas, a pesar de sus quince años, su cuerpo era una excelente herramienta de trabajo que le daba para algo más que frijoles. Al principio, que lo hacía a la cañona, lo pasó peor que mal, vomitaba el alma, ya que el estómago estaba vacío, después de cada relación con babosos y asquerosos, gallegos en su mayoría, a cual más pobre diablo e inútil, pues eran incapaces de seducir a las hembras de sus países, y se veían en la necesidad de llegar hasta aquella isla, que otrora era sagrada y, ahora, ni los Orishas, querían saber de ella.

Una vez le dio un patatús, se quedó en cama dos días seguidos, su abuela se acercó a su cama y le habló:

– ¿Qué pinga es la que te singa, mandinga?

Ella le respondió:

– Me saqué la rifa del guanajo, abuela-

y la abuela sin dudarlo:

– Mijita, acere, no afloje que cae.

Después de esto, terminó de vomitar su alma y ya no tenía reparo, lo único que realmente importaba era el baro para la familia y se aliviaba las entrañas, pensando que la necesidad de aquellos pobres diablos, guanajos, que venían cargados de guano, medio saciaban las necesidades de su familia, por lo tanto, ella, no era una vulgar fletera, sino una intercambiadora de necesidades, ella colmaba las de ellos y, ellos, medio colmaban las de ella y su familia. Tuvo mucho baroco con las mongas de las jineteras, que querían joderle el bisnes, aquellas, sí que le daban pena de verdad, jóvenes en su mayoría, inteligentes y con carreras universitarias, ninguneadas en las calles, siendo simplemente objetos sexuales, pero lo más triste era que algunas de ellas se desvivían en ese arte, aunque no sabía, si realmente, le daban más pena los comemierdas de mediotiempo, que se creían que, de verdad, los amaban, cuando lo único que perseguían era su juaniquiqui. Ella se había adaptado a aquella vida perra, todo por la familia, hasta que un día, un gallego comemierda que venía con la urgencia de echar un palo, le pegó la gonorrea, sufría unos dolores horribles, la familia pensó que era un trabajo encargado por las jineteras, que envidiaban la fama que ella estaba alcanzando. La llevaron donde un babalao, compay de su padre, para que éste le hiciera una limpieza, el babalao, les dio unas hierbas y les dijo que se lavara bien el bollo durante nueve días y, que la moronga y los timbales, ni de lejos en el transcurso de un mes. Ella mejoró de su afección y cuando se levantó el último día del mes de restricción en el que ella había visto su bollo como su patria, en ruinas, amaneció con el moño virao y entendió que su familia no la quería sino como el mejor de los bisnes que les podía proporcionar bastante pasta, decidió emprender el vuelo y se aprovechó de los cuatro años de experiencia intercambiando necesidades para abandonar aquella maldita cárcel en la que se había convertido su amada isla.

Cuando entró en Gran Canaria no pensaba quedarse, aceptó de buen gusto los piropos y regalos de aquel chico que tan sólo era tres años mayor que ella y por lo que fue viendo, bastante adinerado. Él perdió el norte por ella, enamorado hasta el tuétano y ella se dejaba querer, esperando el momento de proseguir su viaje hacia el olvido. Se sentía bastante cómoda, ya no sabía lo que eran necesidades, pero ella se seguía acostando por dinero, porque aunque él la amara con locura, ella era incapaz de amar, pues entre vómito y vómito de su alma, también vomitó su corazón.

Facebook: Manuel Díaz García

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6 comentarios

  1. Jo Manuel, me lo había leído, pero ahora que lo leo yo, y con calma, me he quedado embobada.
    Es buenísimo!!! De aquí a la novela, tienes que andar muy poquito. Enhorabuena. 😘 besos y abrazos

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  2. Excelentes letras mi querido amigo Manuel en realidad muy detallado relato de sobre la vida y vicisitud de la protagonista. Gracias por deleitarnos, gracias por compartir. Ten una excelente noche y un muy lindo amanecer

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