Josefa Molina – La lágrima invertida

La lágrima invertida

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Aquel día el dolor de cabeza era más insoportable que nunca. Lo cierto era que cada día que pasaba aquel pinchazo se hacía más persistente e insoportable. Al principio comenzó por un ligero cosquilleo en el mismo centro de su redonda cabeza. El picazón crecía por oleadas, como si minúsculos piojos se divirtieran realizando invisibles carreras de coches sobre su cuero cabelludo.

Horrorizado corrió hasta el baño en busca del pequeño cepillo dentado que tantas veces había utilizado para limpiar la rizada melena de su hija. Se peinó el pelo una y otra vez sin que ningún bichejo quedara atrapado entre las púas del cepillo. Sin embargo aquel masaje de acero calmó el clamor que recorría su piel.

Se meció relajado el pelo. A pesar de sus 56 años mantenía una tupida cabellera. Inevitablemente comenzaba a clarear por las sienes, lo que le confería un aire de madurito atractivo que se empeñaba en explotar ante cualquier hembra en celo que se le acercara.

De pronto, el amenazante cosquilleo se presentó con intensidad renovada. Volvió a cepillarse el pelo con el peine de púas de acero y la calma se impuso. Momentáneamente.

No pudo dejar de preguntarse por el origen de aquella lacerante molestia. Quizá hubiera desarrollado una alergia a algún producto de higiene. Pidió cita en el dermatólogo. Le recomendó utilizar un champú y una loción especifica a cincuenta euros el bote de 600 gramos. Todo fuera por ganar la batalla contra las ínfimas terminaciones nerviosas de su cabellera. Siguiendo a pie juntillas las instrucciones de uso, se aplicó los productos científicamente testados y casi se sintió a salvo cuando los picores le dejaron tranquilo durante dos días consecutivos.

Hasta la humillante tarde de cine. Para una vez que tenía una cita desde el divorcio, no podía dejar de rascarse la cabeza como un poseso. Su acompañante le recomendó un producto buenísimo y de efecto infalible del herbolario. Totalmente natural, sin productos químicos ni porquerías de esas. Y lo compró, pero, sin resultado alguno. La intensidad del escozor primigenio se fue transformando en un insoportable arponeo que ni los champús de última generación ni los caros productos de la farmacia ni los infalibles productos naturales, consiguieron aliviar.

Más bien al contrario, la presión sobre su cabeza iba en aumento. Se iniciaba con un leve empuje, como si un fino puntero agujereara despacio su piel justo en la parte más alta de la cabeza. Para posteriormente, ir en aumento hasta convertirse en una dolorosa opresión que le provocaba un insoportable calambre que invadía a ráfagas el cráneo, sumiéndole en una migraña inmovilizadora.

Cada nuevo pinchazo regresaba con más compresión que el anterior.  Falta de vitaminas. Sí, eso era. O tal vez algo peor… Lo que estaba claro era que algo no iba bien ahí dentro. Quizá un tumor maligno engordaba dentro de su cabeza mientras él se rascaba y rascaba inútilmente. Excepto cuando apagaba el móvil.

El descubrimiento fue totalmente casual: una tarde, buscando refugio en el silencio de su dormitorio, apagó el móvil para aislarse del mundo. Y se sumió en un profundo sueño. Al despertar, el monstruo de la cabeza le había dado un respiro. ¡Aquellas fueron las horas más apacibles de su vida! Pero, encendió el móvil. Tan solo treinta minutos después, su cabeza era el objeto de deseo de un penetrante taladro de obra.

Albergaba serias dudas sobre la existencia de una relación directa entre el pinchazo en su cabeza y el uso del móvil pero, aun así, comenzó a apagarlo por las noches y, como si de magia se tratara, la puntiaguada opresión de su cráneo se escabullía entre las sombras de la inconsciencia.

Sin embargo, aquel día era diferente. El certero aguijonazo resultaba dolorosamente intenso. A su desesperación se sumó una nueva sensación: la de sentirse vigilado, como si un gran ojo le observara, controlando todos sus pasos, como si todos en el mundo supieran dónde, cuándo, cómo y por qué estaba donde estaba. Se sintió un desdichado Bernard del siglo XXI en un mundo no tan feliz. ¿Se estaría volviendo loco? De pronto un objeto punzante se clavó en el mismo centro de su coronilla. Con horror percibió cómo un líquido tibio y viscoso brotaba a borbotones entre su manojo de pelos. Tenía que averiguar de qué iba todo aquello. Frente al espejo, recubrió su cabeza con espuma de afeitar y la rasuró.

Al principio se lo tomó a risa. Luego se llenó de incredulidad. Finalmente, lloró. Allí estaba reluciente, ocupando todo la superficie del cráneo, un conjunto de líneas añiles perfectamente dibujadas. Con ellas se perfilaban, cual mapa de google, las calles de su barrio, la situación del acceso al metro, el parque, la sede bancaria e incluso, un hostal del que desconocía su existencia. También estaba su edificio y dentro, en color rojo resplasdeciente, un enorme símbolo de ubicación. Incrédulo, fijó la atención en el pequeño agujero rojo por el que parecían querer salir sus pensamientos más escondidos. Allí, ocupando el mismo centro del orificio, una especie de roja lágrima invertida le laceraba la piel haciendo que su sangre brotara lentamente.

No lo entendió hasta que buscó el móvil y desactivó el aplicativo de ubicación. Entonces, el mapa desapareció y con él, la lágrima roja invertida, los insoportables cosquilleos y la sensación de sentirse continuamente vigilado.

En su nuevo piso, no hay cobertura ni wifi. El paso de las semanas le ha devuelto una densa mata de pelo. Y su anonimato.

Facebook: Josefa Molina

Blog: josefamolinaautora.com

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