Josefa Molina – Azul

Azul

La palma

El mar es plateado, no azul, pensó mientras se sentaba en la butaca de mimbre de la terraza y oteaba el horizonte buscando no sabía muy bien qué. El mar es plateado… repitió en  apenas un susurro como temiendo ser escuchado por alguien. Absurdo en aquella absoluta soledad.

Frente a él se abría una inmensidad de agua plateada que se resistía a marcharse con el sol del atardecer. Nubes oscuras descendían como un batallón de caballería desde las laderas de la Caldera. Llegaban tarde. Ya el sol se había escondido tras la línea del horizonte. Él también llegaba tarde. Muchas veces en su vida llegó tarde pero aquella era la vez que más doloroso le resultaba.

Adela se había marchado tan solo dos semanas atrás. Sin despedirse. Sin esperarse. Sus compañeros no pudieron hacer nada por ella. Resultaba del todo irónico: morir de un infarto en tu lugar de trabajo, un centro de salud, ante la mirada de sorpresa de tus compañeros que, incrédulos, intentan reanimarte mientras ya tú decidías que ya era hora de irse.

Ella siempre quiso regresar a la isla. Volver a la playa de arena volcánica donde pasó los meses más felices de su infancia. Pero nunca encontró la ocasión. El trabajo, otros destinos turísticos más baratos, la letanía de mejor el próximo año….y ahora tenía que hacer aquel viaje. Sin ella.

Se sirvió el vaso de whisky. Seco. Dos dedos. Justo la medida. Y volvió a contemplar el cuadro de colores que le regalaba aquella parte del litoral isleño. Mezcla de naranjados, violetas y grises sobre un mar quieto y plateado que besaba cauto una falda inmensamente plana repleta de plataneras y moteada de casas aquí y allí que luchaban por hacerse hueco entre las escarpadas montañas de la caldera.

Pero el mar no era azul, sino plateado. Aquello le contrariaba. Y Adela no estaba para explicárselo. Se sintió solo. Se sintió estúpido, se sintió herido, perdido, abandonado. De pronto, pensó que quizás no era tan buena idea estar allí. Luego miró la nada de la silla que tenía junto a él y decidió que había sido la mejor idea que había tenido en mucho tiempo.

El cansancio le venció con una foto de una distante Adela entre las manos. Estaba sonriente. Le miraba fijamente desde el satinado papel. Y hasta creyó percibir un interrogante en sus ojos. Como si le escrutara desde el otro lado de la vida.

No habían dado las siete en el reloj cuando se subió al coche de alquiler y tecleó en el navegador la ruta de destino. En poco más de hora y media, tenía los pies metidos en la arena negra de la infancia de la mujer a la que amó durante los últimos quince años.

Se sentó sobre la húmeda playa, dudando si continuar con la misión que le llevó hasta aquel rincón agreste del mundo. Pero allí estaba. Había viajado durante ocho horas, de avión en avión, con el solo objetivo de decirle adiós entre aquella infinitud de granos oscuros.

Abrió el cofre y vertió despacio las cenizas sobre la arena. Aquí estarás bien, le susurró, mientras dibujaba un corazón alrededor de los restos carbonizados de Adela. La primera ola los fundió con el océano.

Entonces, levantó la vista y miró al horizonte. Era azul. De un azul profundo, de un azul melancólico, de un azul doliente, de un azul inmenso. Y, por fin, todo adquirió sentido.

Facebook: Josefa Molina
Imagen: Punta Gaviota, desde El Tablado, La Palma
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