Josefa Molina – La lectura

La lectura

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Ilustración de Francisco Lezcano Lezcano

Se levantó de la silla en medio de tímidos aplausos y se situó de pie frente al micrófono. Nadie le dijo que para llegar a ser escritor tuviera que también ser actor e interpretar sus textos ante un público muy poco entregado. La verdad es que nadie le dijo nada y ahora ya no podía dar marcha atrás. Allí estaba, situado ante un grupo de gente dispuesto a valorar su texto como si fuera el flamante jurado del premio Nacional de Literatura, emulando a expertos filólogos, jugando a ser aventajados escritores con cientos de reconocimientos a sus espaldas, la crème de la crème de la escritura universal.

La brillante luz del foco le daba directamente en la cara y apenas podía leer con claridad lo que había escrito la noche anterior en el papel. Aún así tenía que leer. Sabía que su vida estaba en juego. Su futuro como escritor, su reconocimiento artístico, su obra, su literatura, todo estaba en juego en el aquel grotesco concurso literario.

Su frente se perló de gotas de sudor al poner el primer pie sobre los tablones del improvisado escenario. De pronto, se hizo el silencio en la sala. Tan solo algún susurro y algún crujir de sillas interrumpían aquel momento de extrema atención. Carraspeó, tomó aire y comenzó a leer convencido de que aquel momento lo tenía que superar con la dignidad que se presuponía a un escritor de su calidad.

Poco a poco fue vocalizando las primeras palabras del texto que con cierta dificultad leía dada la humedad del papel que le habían dado la noche anterior cuando lo arrastraron hasta la trastienda del local con el encargo de escribir una historia “que valga la pena ser escuchada”. Le temblaba la mano y eso le inquietaba. Estaba alterado, se sentía muy nervioso, y no quería mostrar su inseguridad ante aquel público tan exigente. Advirtió que una delatora gota de sudor comenzaba a descender por su sien. De pronto, un sudor frío cubrió su espalda y su nuca. Sombras de transpiración comenzaron a marcar sus sobacos.

La incomodidad se hizo presente. Le molestaba la presión del cinturón del pantalón en su cintura y el estrujamiento que ejercían las botas de cuero de punta fina sobre los dedos meñiques de sus pies. El silencio se acentuó. Tras el foco, imaginó expectantes los ojos de cientos de rostros esperando su lectura. Entonces, la tensión de sus músculos faciales paralizaron sus labios y su lengua se secó. En un instante eterno, sintió deshidratarse su paladar y su garganta fue incapaz de encontrar algún resquicio de saliva que la humedeciera levemente.

Intentó tragar en seco y vocalizar, incluso imprimir un tono teatral a su texto, relatar con entusiasmo como quien narra un cuento para un niño antes de dormir, con escogidas entonaciones, con teatrales inflexiones de voz para hacer de aquel texto una lectura más interesante, más atractiva, capaz de captar la atención y el beneplácito del jurado. Sin embargo, las palabras comenzaron a salir a borbotones y los primeros comentarios de desaprobación recorrieron toda la sala. A medida que crecía su balbuceo, aumentaban los pitos y los gritos del público. De pronto, el atropello de palabras en su boca hizo apenas comprensible el texto y los comentarios sin rostro que sobresalían de entre la oscuridad del local, voces de ultratumba, llenaron, desaprobadores, el silencio del recinto.

Intentó elevar la voz y seguir leyendo pero el griterío de la sala le acaballaba con contundencia. Aún así continuó. Tenía que darse esa oportunidad, debía dársela.

Entonces, de entre las sombras voló algo que se fue directamente a impactar en su rostro. Sintió el sabor ácido del tomate en sus labios. Siguió leyendo. Su voz era menos audible a medida que, de entre la negrura, salían disparados decenas de tomates y huevos que iban a estrellarse por todo su cuerpo. En segundos, estaba cubierto de todo tipo de desperdicios. Ahora el público se divertía. Nadie escuchaba, nadie atendía ya a su lectura, ahora el juego era el escarnio colectivo. Se convirtió en el centro de los ataques, de todas las burlas. De entre las sombras llovieron los insultos y las descalificaciones, “¡vaya mierda de escritor!”, “no sabes inventar ni leer”, “ese texto es patético como tú”, “¿dónde quedó el arte?”, “¿qué hay de la interpretación?”, farsante, insulso, iletrado, escuchó aterrorizado y, por fin, derrotado, dejó de leer. Entre lágrimas, cayó de rodillas en el suelo. Era un fracasado, había fracasado en su lectura. No importaba qué hubiera escrito. No le serviría para salvar su calidad como narrador de historias.

Un hombre subió al escenario. Callad, gritó, haciendo que la sala, poco a poco, volviera a la calma. Perfectamente peinado, vestido con un traje chaqueta azul oscura, su cuerpo rezumaba un fuerte olor a loción masculina. Aspiró aquel perfume en un intento vano de contrarrestar el asqueroso tufo a sudor de sus axilas. El hombre le miró a través de unas gafas redondas que le concedían un aire de intelectualidad y con una voz extremadamente suave sentenció: “El público es el jurado y el jurado ha emitido su fallo: debes morir”, le dijo mostrándole arrogante el revolver del calibre 38 que portaba en su mano derecha.

El escritor comenzó a suplicar, se arrojó a los pies del hombre quien de una patada lo apartó. En un acto de desesperación comenzó a leer nuevamente el texto pero ya las palabras no salían con la calidad narrativa que el escritor quería imprimirle.

La decisión del jurado es inapelable” insistió el hombre, “y el público ha emitido su opinión, son ellos los que deciden quién es buen escritor y tú, amigo mío, eres un escritor de mierda”, le dijo mientras le ponía la pistola en la sien y disparaba.

Esa noche, para cenar, el jurado seleccionó como menú el especial de estofado de carne de escritor a las finas hierbas.

Facebook: Josefa Molina

Ilustración: Francisco Lezcano Lezcano

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6 comentarios

    • Espero que no sea la de que te coman, jajaja. Entre tú y yo, también es una de mis peores pesadillas…Un abrazo, y gracias por tu comentario, Rito.

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