Josefa Molina- A tres bandas

A tres bandas

billar_de_carambolas1

-I-

Una

Estaba harta. Día tras día, la misma historia. Y es que algunas personas no cambian nunca, se decía así misma amargamente mientras se servía el café con leche en la cocina. Pero, ¿se puede saber qué pecado habré cometido?, se preguntaba con indignación cuando, nuevamente, la cuchara con azúcar se le volvía a caer de las manos desparramando la sustancia sobre el mármol de la encimera.

Para ella, era como en la película de la marmota, un mismo día que se repite una y otra vez hasta que el protagonista aprende qué debe de hacer para cambiarlo. Con una diferencia, que ella no tenía ni la más mínima idea de cómo salir de ese embrollo.

Cada mañana, dedicaba diez minutos a tomarse el café con leche en el salón, en completa soledad. Un rato para estar consigo misma, en silencio, antes de que el despertador pusiera en pie al resto de los habitantes de la casa. Después, ya se sabe, que desayunes ya que llegamos tarde, no te manches la camiseta del cole que no tengo más lavadas, ¿has cogido fruta para el desayuno?…..retahílas de frases que de tanto ser dichas en el trajín mañanero previo a la salida hacia el colegio, ya no escuchaba nadie. Ni siquiera ella.

Y luego estaba él. Aquel ser mustio que se hizo presente un día en su vida con el objetivo de imponerle con su presencia que no tenía derecho a ser una mujer libre.

Aquella mañana no era diferente. Nada más bajar a la calle, allí estaba. Esperándola, apoyado en la pared del edificio que estaba frente a su vivienda. Un edificio alto, gris, desvencijado, sucio, con el que aquel hombre se mimetizaba a la perfección.

Era como esa vecina impertinente y novelera que te acechaba tras la mirilla de la puerta para salir a tu encuentro nada más la abrieras y recordarte que si ella no era feliz, tú tampoco podías serlo.

En la calle, comenzaba otro nuevo ritual. Cambiarse de acera, mirar hacia ambos lados de soslayo, compartiendo con él en la distancia la labor de vigilarse mutuamente, no se fuera a acercar estando con los niños y tuvieran un problema.

Desde que comenzó a espiarla, dudaba entre si llamar a la policía o si simplemente, hacer como que si no estuviera. Al fin y al cabo, no le molestaba directamente, de hecho, no le dirigía palabra alguna. Tan solo permanecía ahí, vigilante, expectante, inmóvil como si de una pieza más del decorado urbano de la calle se tratara.

Maldita la hora en que se le ocurrió ir a un hotel con él. Maldita, ¡maldita mil veces!

Dos

Le encantaba verla salir con sus críos, aquellos dos revoltosos piojosos que no paraban de pelearse entre sí camino al colegio. Mejor si no estuvieran, claro. La imagen de ella sería más plena, más clara, sin obstáculos. Sin embargo, él no iba a permitir que los enanos le impidieran disfrutar de ese instante. Ese era su momento, el mejor de cada uno de sus días desde hacía casi un mes.

Cada mañana se apostaba frente a su portal a la espera de verla. Con su moño recogido, esa rebeca naranja que resaltaba el adorable color sonrosado de sus mejillas y ese bolso colgado al hombro a juego. Siempre iba perfectamente conjuntada aunque fuera tan solo para llevar a los niños al cole. No entendía cómo hacía para estar siempre tan perfecta, tan bella, tan sublime.

Nunca le dirigió la palabra. Las primeras veces procuró que no le viera. Ella le había dicho que no quería nada más con él. No lo entendió porque había sido maravilloso aquella primera vez que, por cierto, también había sido la última, aunque ese era un detalle sin importancia, un matiz que siempre se podía modificar, de hecho, él estaba haciendo todo lo posible por cambiarlo. Por eso estaba allí, para demostrarle que lo que sentía por ella era verdadero, un auténtico sentimiento de amor puro y sincero.

Primero, comenzó con tímidas llamadas al móvil, luego le mandó algunos mensajes, más tarde, ramos de rosas blancas, sus preferidas, e incluso, algún que otro poema especialmente escrito para ella. Pero un buen día, ella le dijo que ya no más; que aquello no iba a funcionar y que lo quería fuera de su vida.

Se sintió morir. ¡Pero si hacer el amor con ella era lo más bello que le había sucedido en su mísera vida!, ¿cómo olvidarla? No entendía cómo aquella mujer, que se le había entregado apasionadamente como una potra en celo, ahora no le quería ni ver.

Y no era culpa suya, qué va. Era un buen tipo; currante, limpio, ordenado, meticuloso, todo un caballero. No tenía sentido que aquella mujer no quisiera estar con él, todo lo contrario que Carmen, la del tercero, que se le insinuaba cada vez que se tropezaba con ella en las escaleras.

Pero no iba a desistir. En algún momento, ella iba a entender que le amaba. Sólo que aún, no lo sabía.

Tres

Cada vez que contemplaba la escena, se quedaba pensativo. Dudaba mucho de que aquel hombre no fuera consciente de que ella sabía que la espiaba. La primera vez no se percató de qué iba aquello exactamente. Le llamó la atención el caminar ligero de ella, más rápido de lo normal, tanto que ni siquiera se detuvo a comprar el periódico tal y como realizaba todos los días desde hacía casi un año.

En un primer momento pensó que quizá iba con prisas para llevar los niños al cole. Miró la hora, iba bien de tiempo. Y entonces lo vio pasar. No era del barrio, por eso, no le hizo mucho caso. Pero cuando al día siguiente se repitió la escena, pensó que había algo extraño en toda aquella situación.

Amante apasionado de las novelas negras y policiacas, aquella persecución muda no podía responder a una situación casual sin más. Sin duda, algo había. Su cabeza comenzó a armar la historia. No iba a preguntar, claro estaba, pero eso no impedía que él hiciera sus cábalas y entretejiera su propio relato.

Eran amantes, por supuesto. Ella, una aburrida ama de casa, cansada de hacer siempre lo mismo, buscando algo que proporcionara a sus días un toque de emoción. Él, un hombre sin escrúpulos, deseoso de llevarse a la cama a cualquier recién divorciada, para dominarla hasta lograr de ella lo que quisiera. Eso era. Ya estaba. Ya tenía a los dos personajes principales. Ahora quedaba lo más difícil. La trama.

-II-

Una

Míralo, otra vez ahí apoyado. Pero, ¿qué pensaría este hombre, que no le veía? Aburrida, más que harta estaba de aquello. Vamos, que no podía salir de casa sin evitar encontrarse con aquel espécimen de ser humano.

Mira que se lo dejó bien claro, nada de mensajes, nada de flores, nada de llamadas, nada de nada, y él insistía, hasta que un día le amenazó con llamar a la policía. Aquello causó su efecto, y durante casi dos semanas, no supo de él. Pero un buen día, se lo encontró apostado en la pared del edificio de enfrente.

Al principio, pensó que era pura casualidad. Pero cuando comenzó a seguirla, intuyó que era algo más y no le hizo ninguna gracia. Me está acosando, quiere presionarme para que vuelva a estar con él. Señor, pero si sólo fueron dos horas de sexo, y tampoco fue para tanto, la verdad. Soy una mujer libre, divorciada, madura, ¿para qué me voy a liar con ningún hombre ahora? No, por ahora, sexo sin amor, gracias.

Dos

No podía evitar mirarla. ¡Estaba tan guapa con el cabello siempre recogido en un moño alto! Aunque, pensándolo bien, le gustaba bastante más con el pelo ondeando sobre sus hombros. Tenía esa imagen grabada en su cerebro, su pelo libre y revuelto mientras cabalgaba sobre él. Era tan tierna, tan sexy, tan brutal, que no entendía cómo podía perder toda esa fuerza arrebatadora recogiéndose el cabello en un moño.

Era otro tema que tenía que hablar con ella. Porque debía de hacerlo, debía hacerla entrar en razón. La amenaza de llamar a la policía era un farol. Ella nunca le haría eso. Pero por si acaso, decidió darle unos días para que pensara con total tranquilidad. Estaba seguro de que simplemente necesita un tiempo para reflexionar.

Pero, a medida que pasaban los días y no tenía noticias de ella, decidió que, tal vez, estaría avergonzaba de su comportamiento y que, claro, como mujer que es, no va a ser ella quien dé el primer paso. Las normas del curso ‘Cómo ser un buen amante’ que tan ansiosamente hizo por internet dejaban muy claro que las claves en la conquista de las féminas son la perseverancia y el detalle.

Comenzó por la perseverancia, de ahí su presencia diaria frente a la puerta de su casa. Así ella se daría cuenta finalmente de que sus intenciones eran muy, pero que muy serias.

Y luego, estaban los detalles. De ahí las llamadas, las flores, los mensajitos, pero claro, estaban los dos incordiantes mocosos. Si no tenía más remedio, los asumiría, pero, en principio, eran un estorbo que tendría que soportar, excepto cuando se fueran los fines de semana alternativos con su padre. Entonces, sería toda para él, y ahí vendría los momentos para explayarse con los detalles, la colmaría de flores, de desayunos en la cama, de extensas sesiones de orgasmos a dúo.

Estaba seguro que no se podría resistir a su plan. Era, simplemente, genial.

Tres

Estuvo a punto de preguntarle pero no se decidió. Al fin y al cabo, no era asunto suyo y ella podría decirle que se metiera en sus cosas, y con toda la razón. Pero la curiosidad le mataba. Incluso había comenzado a escribir un relato en su libreta, la especial para cuentos y relatos, una de tapas negras y gruesas y confeccionada a base de papel reciclado que guardaba, como su tesoro más preciado, junto a la caja de monedas del quiosco.

Cuando al regresar del mercado le compró el periódico, estuvo en un tris de preguntarle. Pero se contuvo, parecía que ella no tenía un buen día. A pesar de ello, estaba especialmente reluciente con esas mejillas sonrojadas bajo un moño perfectamente elaborado. Le quedaba muy bien el recogido, la hacía más inteligente porque ella era, ante todo, un mujer inteligente. Con frecuencia, le encargaba los coleccionables de grandes filósofos y pensadores del siglo XX, algunas novelas de ciencia ficción, además del diario y, a veces, incluso alguna revista de ciencia e investigación. Con sus años de experiencia, ya podía describir cómo eran las personas sólo a través de lo que leían.

No entendía como una mujer así podía estar sola. Con un negocio propio, independiente, atractiva, inteligente, todo un partido.

Por eso, no le pareció nada extraño que aquel hombre la rondara aunque enseguida advirtió que a ella no le agradaba en absoluto su presencia en el barrio.

-III-

Una

De esta vez no pasa. Si está abajo, llamo a la policía sobre la marcha. Pero, ¿qué se ha creído este tío? ¿Me acuesto una vez con él y ya lo tengo que convertir en mi nuevo marido?, vamos, vamos, ¡ni muerta! Además, esa barba sin afeitar……si es más bien feucho, no sé qué pude ver en él, ¡pero ni siquiera sirve en la cama!. Si estando con un hombre, me tengo que currar yo el llegar al orgasmo, mejor me estimulo yo sola cuando me apetezca, no te digo.

Vamos que sí. De hoy, no pasa.

Dos

No pasa de hoy. Cuando salga le voy a decir claramente que ya vale de jueguecitos; que todo tiene un límite, y que me estoy hartando de comportarme como un caballero. A esta lo que le hace falta es un buen macho, un hombre que la ate en corto, que la controle, que establezca las reglas, que sepa quién manda. Un hombre como yo, esto está claro.

El ‘Manual del Perfecto Caballero’ se puede ir yendo a la basura. ¡Vaya conjunto de sandeces!

Tres

Ahí está de nuevo. Parece nervioso. Más de lo normal. Caminando de un lado a otro de la acera, sin alejarse mucho para no perder el ángulo de visión del portal. Seguro que hoy se acerca a hablarle. Voy a sacar mi libreta que esto promete. Fijo que de hoy no pasa.

-IV-

Una

Ahí está. Menos mal que la vecina me hace el favor y acerca a los niños al cole. Hoy estoy más cansada que nunca de esta estúpida historia, se acabó, se dijo con firmeza mientras plantaba dos sonoros besos a modo de despedida en las mejillas de sus hijos.

Esperó a que los niños fueran calle adelante cogidos de la mano de los hijos de la vecina, para endurecer el semblante y caminar decidida a su encuentro.

Dos

Ahí viene. Por fin lo ha entendido. Estaba seguro de que vendría a mí. Mi estrategia, mi perseverancia, ha causado efecto. Me va a decir que me ama. Que lo ha pensado mejor, que la perdone, que subamos a su casa, a sus brazos, a su cama.

Y yo aceptaré porque ella es mía. Ahora ya sí que es mía.

Tres

¿Se acerca?, ay, sí, se acerca a él. Mi libreta, ¿dónde tengo la libreta?, aquí está. Por fin, ahora sí que voy a obtener la trama perfecta para mi relato.

-V-

Una

Se plantó ante él y cuando lo tuvo enfrente, le miró con los ojos rebosantes de profunda furia. Déjame en paz, no me sigas, no me espíes, sal de mi vida ya, o la próxima voy directa a la policía, va en serio, le gritó y se dio la vuelta. Se fue con paso firme perdiéndose por la puerta de acceso al edificio de su casa.

Dos

Se quedó estupefacto. No le dejó decir palabra. Tampoco hizo falta. Era tanto el odio que reflejaban sus ojos que el mensaje estaba más que recibido.

De pronto, algo crujió dentro de su mente y eso no le gustó nada. No era aquella la mujer que él pensaba que era. Esos ojos, ese rictus. De pronto, le pareció tremendamente arrugada, profundamente amargada, extremadamente fea.

Seguro que el divorcio le venía grande, se dijo, y desde luego, él valía mucho más que para ser el segundo plato de una divorciada fea y amargada. No en vano había obtenido la máxima puntuación en su curso de internet sobre ‘Técnicas para ser perfecto en la cama con una mujer’.

Decidido. No iba a perder más el tiempo con esa zorra. En el mundo hay miles de mujeres locas por estar con él, y si no, mira a Carmen, la vecina, que, por cierto, estaba ayer muy sexy con esa blusita ceñida con la que apareció como de la nada en mitad del descansillo de la escalera.

Ésta es una frígida. Ella se lo pierde, concluyó.

Tres

¿Y ya está? ¿no hay tiernos besos ni abrazos de reconciliación o, al menos, no sé, un sonoro bofetón, una acalorada discusión, o ya puestos,  un cuchillo rasgando la carne, una pistola humeante que asesina a sangre fría o un poquito de líquido rojo manchando el suelo?

Pues vaya decepción, al final me voy a quedar sin historia, se dijo mientras volvía a colocar con resignación la libreta especial para cuentos y relatos en el estante, al lado de la caja de monedas.

En fin, se consoló, a veces sucede que la realidad no supera a la ficción.

¿O sí?

Facebook: Josefa Molina

Anuncios

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s